En casi todos los ramos hay una flor que aguanta más que las demás. Y cuando el resto se va, esa se queda ahí, sola y todavía entera.
En muchísimos ramos, esa flor es el solidago.
Treinta años metidos en el origen de la flor enseñan una cosa: a mucha gente le gustan las flores, las mira, las deja en la lista de propósitos, y nunca llega a comprarlas. Porque piensa que hay que saber. Saber montar, saber combinar, saber colocar.
El solidago es de las que más ayudan cuando estás empezando. Cada tallo se ramifica solo en varios brazos cubiertos de miles de florecitas amarillas diminutas, así que un puñado ya llena un jarrón sin que tengas que pensar en la forma.
Es complemento y flor a la vez. Junto a otras flores frescas hace de relleno luminoso y da volumen sin robar protagonismo. Y solo, unos cuantos tallos en un jarrón de cristal, tiene toda la presencia de un campo en verano.
Y hay algo más, que es lo que hace que mucha gente repita: cuando se le acaba el agua, no se marchita, se seca. Mantiene la forma y ese amarillo intenso, y se queda en el jarrón mucho tiempo más. Empiezas con un ramo fresco y acabas con decoración.
Llega recién cortado y directo del agricultor, sin intermediarios. Lo que hagas con él a partir de ahí, lo decides tú.
Si te apetece, échale un vistazo y quédate un rato pensando con qué lo combinarías. A veces eso ya es medio trabajo hecho.