Este eucalipto tiene dos vidas, y la que tenga depende de una decisión tuya: poner agua en el jarrón, o no ponerla.
Con agua lo disfrutas fresco, con su aroma y su tacto flexible. Sin agua se seca solo, en el mismo jarrón, sin que hagas nada. Mantiene la forma y el color, y ahí se queda.
Treinta años metidos en el origen de la flor enseñan una cosa: a mucha gente le gustan las flores, las mira, las deja en la lista de propósitos, y nunca llega a comprarlas. Porque piensa que hay que saber. Saber montar, saber combinar, saber colocar.
El eucalipto tintado no pide nada de eso. La rama ya viene ramificada, con sus hojas redondas repartidas por el tallo. La metes en un jarrón y se abre sola.
Cinco colores. El oro y la plata, metalizados, los más de fiesta y de mesa puesta. El rojo y el naranja, cálidos y otoñales. Y el fucsia, el más atrevido, el que nadie tiene en el salón.
Unas ramas solas en un jarrón alto ya resuelven un recibidor. Repartidas en botellas pequeñas te cambian una mesa. Y junto al resto de preservados y secos es donde se luce de verdad: es follaje, así que hace de base para todo lo que le pongas delante.
Y no, no es plástico. Es eucalipto de verdad, con su hoja y su rama. Cuando se seca no pide agua, no pide luz, no pide que estés pendiente. Ocupa su sitio y te deja tranquilo.
Si te apetece, echa un vistazo a los cinco colores y quédate un rato mirando cuál encaja con tu casa, con tu mesa de trabajo o con tu local. A veces eso ya es medio trabajo hecho.