Acércate a una rama de esparraguera y verás que no tiene hojas. Tiene plumas. Finísimas, abiertas, con las puntas cayendo hacia fuera como si el ramo respirara.
A mucha gente le gustan las flores, las mira, las deja en la lista de propósitos y nunca llega a comprarlas. No por el precio. Porque piensa que hay que saber. Y luego está esa esquina del salón, esa mesa de la oficina o ese mostrador del local que siempre se queda a medias.
La esparraguera llega sin montar, como materia prima, directa del agricultor y sin intermediarios. Mide entre 50 y 60 cm: sola en un jarrón de mesa, a media altura en una botella sobre el escritorio, o mezclada con broom o flor de arroz en un jarrón de suelo para darle volumen. Tú decides.
Hay rojo, verde, rosa claro, morado y lavanda. Y dos con acabado especial: la plata, que tiene un reflejo frío y apagado, muy elegante sobre madera oscura, y el oro, cálido y con brillo suave, que ilumina cualquier rincón sin gritar.
¿Que no tienes mano? Con este follaje no hace falta. Cae solo, se ordena solo y no parece plástico: sigue siendo planta, con su textura de siempre. Llevamos treinta años en el origen de la flor y esto lo hemos visto mil veces.
Si te apetece, mira los siete colores con calma y quédate con el que ya imaginas en tu casa.